En los comienzos del hombre, magia, mito y religión, son vías de acceso al mundo, concebido como un cosmos, caminos que lo conducen al descubrimiento del sentido de la existencia, puentes tendidos hasta las puertas del misterio.
Pero, podríamos preguntarnos, ¿qué ocurre en nuestros días, en nuestras sociedades tecnificadas, que contemplan azoradas los tremendos avances de la ciencia y el poder de las máquinas? Se nos ha dicho hasta el exceso que nuestro mundo está desacralizado, que Dios ha muerto en el siglo XIX, que sólo podemos confiar en el progreso de la ciencia y de la razón.
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