PRE-chiloe.jpg_874778526 El Archipiélago de Chiloé, un pequeño mundo poblado de mitos y leyendas. Famoso por los brujos enjuiciados en 1880.

Hay una isla al sur de Chile, la segunda más grande de Sudamérica, que es como un pequeño continente anexado al territorio chileno. Un mundo insular dotado de una belleza antigua, singular, cuyo paisaje mirado desde un cerro, un día de niebla, podría confundirse con algún rincón de Gales; una isla poblada de construcciones de madera, de historias de brujos, de leyendas que se alimentan del espíritu del mar y de las culturas ancestrales que la habitan.

FUENTE: unoentrerios.com.ar

Llegar hasta allí es relativamente fácil. Primero hay que tomar un colectivo de Bariloche a Puerto Montt: siete horas. Una vez allí hay que subirse a otro bus, un bus que avanza hasta el mar, que sube a un transbordador y cruza el canal de Chacao que separa el Archipiélago de Chiloé del continente. Chiloé todavía aparece con una marca oculta en el mapa de ciertos viajeros, que transmiten a otros la curiosidad por ese mundo del mismo modo que se han conservado hasta hoy los mitos de la isla, de boca en boca. “Tenés que ir a Chiloé”, dicen, como un imperativo, cuando se cruzan con otro viajero de la misma especie. Ellos saben por qué lo dicen. Llegar a la isla es fácil, pero conocerla es otra cosa, tal vez otro viaje.

Existen muchas Chiloé dentro del Archipiélago, dice ahora Jaime Ibacache Burgos en su oficina, en Castro (la ciudad capital), mientras extiende un mate enorme, recién cargado con yerba argentina, al cronista entrerriano que le pregunta por los mitos y leyendas de la isla. Es la tarde de un viernes luminoso, uno de los primeros días de sol de diciembre, y en la oficina de la Unidad de Salud Colectiva no queda nadie. Ibacache es médico, tiene unos 50 años, el pelo largo y gris, una camisa azul desprendida, zapatillas, el rostro risueño y cansado por el peso de la semana de trabajo y un viaje reciente a Puerto Edén, donde dictó junto a otros profesionales de Salud Colectiva un taller de “salud en el hogar y preparados en base a hierbas medicinales”.

“Está la Chiloé superficial, la turística, la que empieza ahora: vienen los turistas y se maravillan con la naturaleza, pero no saben que esa naturaleza está contaminada, amenazada por el modelo de desarrollo de las salmoneras. El turista va y viene.

Se va en febrero, y acá nos quedamos con los camiones, con los despidos, con las cesantías, con los problemas de salud, con la destrucción de los mitos y leyendas, porque también la cultura se va perdiendo”, dice Ibacache. También está la “Chiloé frontera”, prosigue, la marginal, la de las familias excluidas por el modelo de desarrollo, la de los jóvenes alcohólicos o consumidores de droga, la de padres ausentes y madres penetrantes: una isla nueva, que hasta hace poco no se veía.

Y entre los márgenes de la sociedad y la superficie de la mirada turística, está la “Chiloé profunda”, una isla compleja y multicultural, donde se cruzan las tradiciones indígenas, las raíces de los mapuche-huiliche y de los chonos, la herencia cruzada de los yámana y de los kauashkar. Una isla donde los sanadores tradicionales sobreviven al prejuicio, y donde aquello que superficialmente puede ser visto como “mito”, como creencia primitiva, allí forma parte de una manera de ver el mundo, un mundo donde las energías pueden curar y pueden enfermar. La Chiloé profunda, la de las comunidades indígenas y rurales, donde la huella de las culturas ancestrales atraviesa la existencia de las personas, donde una ceremonia en una iglesia católica, en su contenido, puede transformarse en un ritual indígena, porque el sincretismo y la adaptación cultural ha permitido la subsistencia de raíces milenarias.

Persecuciones. Cuando los españoles llegaron a Chiloé, los pueblos originarios que habitaban el Archipiélago adoptaron el catolicismo traído por los conquistadores, pero nunca dejaron completamente de lado sus ritos, aunque muchos mantuvieron en secreto sus conocimientos sobre el uso de las plantas medicinales por miedo a ser acusados de brujería. En abril de 1880, de hecho, la intendencia de Ancud (hoy la segunda ciudad más importante de Chiloé), a cargo de Luis Martiniano Rodríguez, emitió una circular ordenando el arresto de todos los individuos reputados como “hechiceros o brujos” en la isla: pronto las cárceles se llenaron, y comenzó un largo proceso judicial conocido hasta hoy como “el proceso a los brujos de Chiloé”.

“Existe en Chiloé, desde época muy remota, una asociación de brujos llamada por los habitantes del Archipiélago ‘Médicos de la tierra’, y entre ellas es titulada con el nombre de ‘La Recta Provincia’”, describió entonces Ramón Espech, un hombre que se había dedicado a los más diversos cargos públicos y actividades en Chile, y que sacó copias de las declaraciones más importantes del proceso para enviarlas a Benjamín Vicuña Mackenna, político e historiador chileno. “Esta institución llegó a hacerse temible no sólo para los indígenas, que fue entre los que tuvo origen, sino también para la gente ilustrada y hasta para las autoridades. Adquirió tal poder que un brujo era, entre los chilotes, más respetado que los gobernadores y hasta que los curas mismos. Cuando a un cura se lo interpelaba sobre la existencia y poder de los brujos, contestaba con cierta sonrisa de duda: ‘no hay brujos; pero cuidarse de ellos’”.

Según la mitología, “que mantiene puntos en común con la historia real de los brujos”, el origen de la Recta Provincia se remonta a una competencia de magia en épocas de dominación española. Se cuenta que José Moraleda –que realmente existió–, visitó Chiloé en su buque, y desafió el poder de una machi (especialista en medicina de la población indígena) llamada Chillpila. Entre las varias demostraciones que se hicieron mutuamente, Chillpila le juró al español que podía dejar en seco a su buque en el mismo lugar donde estaba anclado, y así lo hizo. “Moraleda con esto se dio por vencido, y en señal de reconocimiento regaló a la Chillpila un libro de hechicerías para que enseñara a los demás indígenas (…) La Chillpila llevó el libro a Quicaví para que aprendieran los indígenas y de ahí se organizaron las asociaciones en las que ahora figura el declarante”, relata un fragmento de la declaración de Mateo Coñuecar, un agricultor de 70 años que compareció ante el juez de Ancud el 26 de marzo de 1880.

Un sábado por la tarde, en un rincón de playa de Castro, mientras las miradas de este cronista, de Jaime Ibacache y de su amigo Wilki –nombre que en lengua mapuche significa zorzal– se pierde en el mar interior que baña las costas orientales de Chiloé, Wilki relata la misma historia que funciona como mito originario de la sociedad de los brujos. La competencia de magia entre una machi y un español, el desafío de la machi, la prueba de su poder: dejar en seco el buque en el mismo lugar donde estaba anclado. Es una historia que acostumbran a contar para dar clases especiales a alumnos de Ciencias Sociales y de la Salud en distintas universidades, o bien cuando alguna comunidad los invita a hacer talleres sobre Salud Colectiva. Las mareas en Chiloé son muy altas, lo suficiente como para que un barco pueda quedar en seco y ponerse a flote en cuestión de horas. Allí radicaba el poder de la Machi: en el conocimiento profundo del mundo que la rodeaba.

Durante el “proceso a los brujos de Chiloé” se llevaron a juicio a decenas de personas que declaraban o eran acusadas de pertenecer a la llamada Recta Provincia, que trabajaba por encargo para curar o dañar a otras personas, y administraba Justicia. Muchos de esos “brujos” fueron encarcelados, acusados de participar en asesinatos y otros delitos, aunque debieron ser liberados porque no se pudieron hallar pruebas materiales de los hechos, ni se pudo demostrar que por pertenecer a una organización de brujos estaban cometiendo un delito. “Hasta 1880, igual que la Araucanía, igual que el sur de Argentina, Chiloé estaba todavía entre los territorios no anexados”, señala Ibacache. “Así como en Argentina aparece la Conquista del Desierto, como si allí no hubiera existido nadie, acá se da el proceso a los brujos. Todo esto formaba parte de una estrategia evidente de los Estados. Y acá, además, también estaba en juego toda la cuestión religiosa”.

Sobre las creencias chilotas se han publicado miles de libros, explica el médico, libros que cuentan la historia “como fábula, como cuento, como leyenda. Esta cosa de ‘Chiloé, territorio de brujos’. Un autor de Castro, dice, “plantea que el mito se reinventa, que la leyenda se reinventa, porque si no se muere. Por eso es que tú puedes encontrar diferentes versiones de cada uno, según la zona, según la cultura que haya de fondo”. La creencia en los brujos sigue arraigada hasta la actualidad en Chiloé, aunque por lo general se utiliza para calificar a quienes tienen conocimientos sobre la medicina natural o creencias en la magia, y también para dañar la reputación de algunas personas, sobre todo si son pobres, indígenas o ancianos. “El proceso a los brujos sigue”, dice Ibacache.

Lo que es, es. Alrededor de la plaza central de Castro –la ciudad más grande del Archipiélago–, abundan las farmacias. Un hecho que tal vez estimula a los profesionales de la Unidad de Salud Colectiva, que tienen su oficina frente a esa plaza. Salud Colectiva pertenece al Servicio Salud Chiloé, un organismo público, y está integrada por un médico –Jaime Ibacache–, una antropóloga, una psicóloga, una asesora cultural huiliche y una facilitadora comunitaria. El objetivo de la Unidad es construir autonomía en salud para las comunidades, en contraste con un modo de concebir la salud que te hace “dependiente. Dependiente de los medicamentos, de los especialistas, dependiente del otro. No fortalece nuestro sanador interno, que toda la gente lo tiene, y que este sistema occidental de medicina cartesiano se lo ha expropiado a la persona, y que es lo que se transmite a través de los medios de comunicación y a través de las políticas de desarrollo. El negocio hoy en Chile es la farmacia. Todo el mundo quiere consumir algo”.

Dispersa por los rincones de Chile, dice Ibacache, existe “toda una red de sanadores tradicionales que aún está vigente. Están ahí medios ocultos: fueron perseguidos. Hoy en día, todavía, le gente te cuenta: ‘Si yo digo que hago tratamiento me tratan de bruja’. Entonces el proceso a los brujos sigue. Nosotros tratamos desde la unidad de fortalecer esos saberes, de que trabajemos juntos. Yo puedo hablar de virus, de bacterias, usar cierta terminología, pero el origen de la situación habitualmente está en hechos de vida. La gente le encuentra la explicación propia. Y esos hechos de vida tienen mucho que ver con la leyenda, con la mitología, con los seres, con que no se respetan los espacios del otro, con las envidias, con las corrientes de aire, con los vientos. Es decir: hay una serie de elementos de la naturaleza que uno no ha respetado en este mundo ‘moderno’ y que ha generado muchas de las enfermedades que tenemos. Y sin embargo, la única propuesta que tenemos como solución es: más especialistas, más medicamentos. No hay una mirada desde la socioculturalidad del tema. Y en la socioculturalidad entran los mitos y leyendas”.

En una recorrida por la Chiloé profunda, una tarde a mediados de diciembre, Jaime Ibacache detiene su camioneta delante de la casa de la señora Purísima, a quien prometió llevarle una filmación en la que aparecen ella y su hija como protagonistas. Ibacache, entre otras actividades, también realiza videos en los que rescata aspectos tradicionales de la cultura chilota. La señora Purísima trata fracturas, esguinces y dolores de la gente que la va a consultar, con el raspado de cacho de camahueto. El cacho es un cuerno. El camahueto es un animal mitológico, “un gigantesco y vigoroso animal tipo ‘elefante de mar’, que al ser lacerado con cordeles hechos de sargazo (un alga), se le corta el cacho frontal el cual es raspado y se utiliza en dolencias de huesos”. La señora Purísima recibe al médico y al cronista argentino y no los deja ir sin que antes tomen unos vasos de chicha de manzana, y que prueben unas prietas (morcillas) hechas con un cerdo que carnearon el día anterior. Su hija, entretanto, pone el video en el DVD para ver las imágenes en las que aparece. Ella, la hija es una mujer buzo: trabaja para las salmoneras. En esa casa conviven dos mundos, dos islas.

Durante el camino de regreso, Ibacache cuenta que para hacer ese video invitó a una colega suya, kinesióloga, a hacerse tratar un esguince con el raspado de cacho de camahueto.
—¿Y funcionó?— pregunta este cronista.
—Claro— responde el médico.
Después de unos minutos de silencio, la pregunta surge naturalmente, sin que se pueda contener.
—¿Y de dónde sacan el cacho?
—Del camahueto– responde Ibacache, y no dice más nada. Apenas sonríe, mientras en el Chiloé profundo atardece.